viernes, 2 de octubre de 2009

LA CHULERÍA PUEDE SALIR CARA

Me crié en un barrio humilde de las afueras del sur de Madrid. Cuando tenía la edad de ocho años, los Reyes Magos de Oriente, me trajeron mi primera bicicleta y yo siempre estaba dando vueltas por el barrio, no importaba que hiciera frío o calor. Pronto hicimos una panda de amigos, cuya principal afición era esa, dar vueltas por el barrio con nuestras bicicletas, haciendo piruetas y alardes con ellas.
Teníamos ya 12 o 14 años, y a esa edad, ya estaban empezando a producirse cambios importantes en nuestros cuerpos, pensamientos, sentimientos y deseos. Nos gustaba llamar la atención de las chicas de nuestra edad, y todo hay que decirlo, a ellas también les gustaba llamar nuestra atención.
Me quiero centrar en un hecho concreto, referente a esto de llamarse la atención entre las chicas y los chicos. Recuerdo que el barrio tenía una pendiente, no muy pronunciada, pero pendiente al fin y al cabo. En una de las aceras había varias chicas sentadas en un banco, viendo como nosotros echábamos carreras con las bicicletas. En un momento determinado, estábamos bajando la cuesta, a bastante velocidad, y yo iba en primer lugar, los demás me seguían, pero iban más pendientes de mirar a las chicas que de mirar a la carretera. Por delante de mí, empezó a cruzar un perro, y yo no sabía sus intenciones, por lo que empecé a frenar mi bicicleta, el que venía detrás de mí, no se percató de mi maniobra, y rozó mi bicicleta, pero acabó perdiendo el equilibrio y aterrizó en el suelo, con las consiguientes rozaduras y quemaduras. Los que venían detrás , no pudieron evitar chocar con él, por lo que también acabaron en el suelo. Total, que allí me encontraba yo, de espectador, de pie, y observando tan dantesca escena, en la que por un lado no había nada más y nada menos que cuatro chicos revolcándose por el suelo, con sus respectivas bicicletas, y unas cuantas chicas, sentadas en un banco, frente a nosotros, partiéndose de risa. ¡ Qué vergüenza infantil que pasamos todos ese día !